martes, 2 de octubre de 2007

La era de la discrepancia Ensayo


El túnel blanco de Helen Escobedo, paso-figura-tiempo, perpetuo artilugio permanece como el marco que nos transporta a un recorrido visual de aquellos alborotados sesenta, donde los sueños de jóvenes creadores reflejaban la situación conflictiva que estaba sumergida el país, el recorrer sus paredes blancas arqueadas fundiéndose con la ilusión de un reflejo, que no es más que el nuestro para dar paso y encontrarnos en el Salón Independiente, donde descubrimos la réplica, ahora sólo como un eco, como un recuerdo de aquella época donde José Luis Cuevas, Vicente Rojo, Juan García Ponce, Lilia Carrillo, Leonel Góngora, Francisco Icaza, Kazuya Sakai, Felipe Ehrenberg y Brian Nissen entre otros se unieron para conformar un grupo de jóvenes artistas con ideales y propuestas plásticas que se acercaban a un intento de protesta ; y que, ahora sólo se encuentran presentes a través de un monitor. El recorrido nos lleva a nostalgias seleccionadas y marcamos ausencias en la curaduría de esta exposición de personajes que fueron parte importante en los discursos visuales marcados por esa época y por la reciente, que sólo en algunos casos son nombrados, y en otros la omisión de su nombres, nos hace pensar en los límites que tiene el gusto de los curadores, y efectivamente la era de la discrepancia comienza a tomar forma.

Vicente Rojo, Manuel Felguérez y Kezuya Sakai ante una explosión de figuras geométricas y colores contrastantes ocupan un gran muro de una sala, mientras tímidamente se observa en medio de esta, los cuadernos visuales de Vicente Rojo exhibidos en una estantería como libros que se pretendieran vender. En medio de la sala encontramos vitrinas que muestran el lado conceptual de la exposición. Juegos gráficos sobre papel, los libros de artista nos dejan sorprender cuando en su morfología encontramos partes de objetos como puntas para ensartar carne, en los Libros brocheta de Rodolfo Sanabria, o las Bitácoras de Jan Hendrix, el libro recortado en su interior utilizado como caja para guardar una cuchara y unas cartas en el Fisgón de Rafael Barajas; los libros-objeto de Yani Pecanis acumulación de recuerdos o crítica hacia los trabajos domésticos como Humo
donde una plancha funge como la primera de forros; también encontramos a una de las más importantes figuras en cuanto a libros de artistas se refiere: Ulises Carrión, la experimentación que llevó hacia los libros de artista nos hace recordar al movimiento fluxux; siguiendo con este movimiento encontramos también en la muestra Beau Geste Press editora de libros de artista y conformada por Felipe Ehrenberg, Marta Hellion y David Mayor , con este recorrido nos apartamos de los libros de artista, para apreciar el esfuerzo, la lucha social, los actos irrisorios, la intervención al espacio urbano con lenguajes pictóricos, gráficos, utilización de la fotografía de los grupos de artistas que cobran un gran auge en los setenta.

Las voces de Tepito Arte Acá (sólo nombrado en esta exposición), Proceso Pentágono, Mira, Suma, Germinal, El Colectivo, Tetraedro, Março, Peyote y la Compañía, No Grupo (uno de sus integrantes, el gran Maestro Melquíades Herrera) y Fotógrafos Independientes, resurgen como un grato recuerdo de aquellos liberados setenta, encontramos crítica social y la burla mezclados, lo vemos plasmado en recuperaciones registradas en una cinta, y el monitor nos lleva a los nuevos modos de expresión, la intervención pública como reflejo de una nueva sociedad evolutiva. El humor corrosivo de No Grupo se encuentra encerrado tras una vitrina, los libros de “Arte” de Maris Bustamante, ladrillos serigrafiados, o la tan retomada imagen de la Botella de coca-cola utilizada por Melquíades Herrera junto con un instructivo que cuelga del cuello de esta botella, podemos encontrar un sin fin de eventos, carteles, en esta área de la exposición.

Avanzando por esta gran muestra encontramos un estrecho pasillo, dónde apreciamos por un lado la obra de Francisco Toledo, y por otro imágenes en monitores de plasma surgidas del documentalismo y fotoperiodismo, así encontramos documentados a los Punks, movimiento surgido en 1977 en Inglaterra, y tomado en México en algunos lugares aledaños de la gran urbe central, como Neza o Tacubaya.

De los setenta llegamos en el recorrido a los ochenta, vemos desfilar los cuadros de Julio Galán, Enrique Guzmán, Javier de la Garza y Rubén Ortiz. Recorrido que puede pasar desapercibido, junto con el escueto resumen visual que quisieron dar para los años noventa, recopilando parte de la Bienal de la Habana, algunos artistas mexicanos, Thomas Glassford, Melanie Smith, Francys Alys, la omisión de obra de Gabriel Orozco, el recuerdo utópico de Temístocles 44, Semefo, el museo Salinas, la nostalgia de aquél lugar en la condesa llamado La Panadería, ahora un rincón para tomar té y comer unos ricos Snaks mientras juega Jenga.

Encontramos un atajo por donde volvemos a salir a la primera parte de la exposición, (quizá mal recorrido mío, o mala museografía, no importa) ahí el alivio visual se cura con una parte dedicada a Alejandro Jodoroswsky, en un muro algunos recortes de sus Fábulas Pánicas que aleccionan al espectador, mientras que en la sala de a lado se proyecta pedazos de sus cintas como: El topo y la Montaña sagrada.

Y con este acto de psicomagia, acabo por completar el recorrido visual de treinta años, que si bien funge esta exposición como un recuento más nostálgico que documentativo, sirve para aproximarnos a una re-valoración estética e histórica de finales de los sesenta y la década de los setenta de la historia del arte mexicano.







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